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Patio Criollísimo

La Casa para Latidos

La Casa para Latidos

Por Eloy Montenegro

Un gris plomizo acentúa cada plano de los 96 minutos que le dan cuerpo a Casa vieja, filme cubano de estreno en el circuito nacional y que exhibe hasta este domingo el cine Camilo Cienfuegos, en Santa Clara.

Flota la tristeza en todos los registros del lente fotográfico, en el piano que martilla sus notas melancólicas, y en el guión que insiste sin tapujos en develar frustraciones, resentimientos, simulaciones y un listado interminable de disturbios existenciales, a través de lugares deshechos y personajes que en su espiritualidad parecen detenidos en 1964, momento en que Abelardo Estorino escribió para las tablas La casa vieja, devenido luego en uno de los textos imprescindibles del teatro revolucionario cubano.

Estos son algunos de los recursos estéticos de los que se apropia el joven realizador Lester Hamlet para convocar a la exploración de muchas de las miserias que hoy nos habitan. Es la razón para que en una coincidencia poco habitual, tanto el  público como la crítica, entre risas cómplices y comentarios de aprobación, aplaudan la propuesta de manera casi unánime.

Me uno a quienes elogian las actuaciones, la efectividad de la banda sonora, el ritmo del montaje en el relato, la buena fe del grupo guantanamero en una melodía hecha a la medida de la película y la buena estrella de no depender del financiamiento extranjero --entiéndase, escenas rayando lo porno, mulatas que provocan infartos y chistes de mala factura como fórmula obligada del mercado--. Pero dejo a un lado el calor de la catarsis colectiva y hago mío un bocadillo del personaje de Esteban, interpretado por el también joven Yadier Fernández: «[...] no me gustan las estatuas ni los monumentos», y añado que en el plano personal, tampoco me gusta que me den «gato por liebre».

Lo digo seguro de que los destellos del filme no han permitido distinguir sus

 



lunares, porque no todas las actuaciones son elogiables. Adria Santana, Albertico Pujols, Isabel Santos y Manuel Porto vuelven a demostrar su madera, pero Yadier es intermitente en su personaje de homosexual reprimido, a veces teatral, a veces encartonado en poses que lo alejan de ese ser humano necesitado de la tolerancia, que, a propósito, se ha convertido en núcleo recurrente de nuestro audiovisual al abordar la homosexualidad; mas, eso es tema para otro comentario.

Similar es el tratamiento de Laura, la hermana de Esteban, personaje que encarna Daysi Quintana y que en una vertiente más plañidera no logra desprenderse de la Bebé del mal humorístico televisivo A todo trapo. El texto --no el de Estorino, sino una actualización firmada por el director y el guionista Mijail Rodríguez-- también tiene sus fisuras: diálogos hilvanados «a la cañona» para potenciar ideas, y puntos de vista que por el gusto de la denuncia violentan la coherencia y revelan las «costuras» en sacrificio de lo artístico.

Por otra parte, no creo que sean búsquedas experimentales, ni lenguajes de vanguardia el rectificar los encuadres y después hacer movimientos ópticos perceptibles con la cámara. Es sencillamente otro desliz, que sumado a los anteriores y a los que no puedo hacer alusión por falta de espacio, no oscurece la entrega del equipo de Lester Hamlet, que ha crecido y nos ha hecho crecer, gracias a la responsabilidad de un discurso responsable que amplifica con honestidad nuestro agitado presente desde una perspectiva cubanísima.

 

 

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