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Patio Criollísimo

El descarrile de Posada

El descarrile de Posada

Exactamente cuando aprendí a leer y escribir —en 1976— comencé a escuchar el nombre de Luis Posada Carriles. Apenas entendía a qué se referían los adultos cuando lo mencionaban, pero las imágenes de hombres y mujeres llorando en el televisor y los periódicos nunca se me borraron de la mente.

Luego, en mi adolescencia leí el libro La verdad irrebatible sobre el crimen de Barbados. Entonces supe que tal apelativo pertenecía a un asesino. Entonces descubrí que ese hombre no se posaba en buenos carriles. Y varias veces me pregunté ¿Por qué no lo castigan?

Ahora, 30 años después, al escudriñar su maligna personalidad siento mío el dolor de quienes sufren por su causa y hago público mi deseo que por fin ocurra el descarrile de Posada. Aunque, en verdad Luis Faustino Clemente Posada Carriles chocó contra sí mismo cuando en 1994 publicó su libro autobiográfico Los caminos del guerrero, editado en Miami. Pero, al parecer, esas páginas le resultaron escasas para adjudicarse un nutrido expediente de hechos que lo revelan como el terrorista más connotado del hemisferio.

Autor probado y confeso de innumerables actos de espionaje, sabotajes, asesinatos, este hijo predilecto de la norteamericana Agencia Central de Inteligencia (CIA), responde ante sus allegados con el sobrenombre de Bambi, mientras que para los ojos del mundo, en especial de los cubanos, no es más que una verdadera locomotora criminal que en lugar de ser demolida recibe el amparo del gobierno norteameriacano.

A la justicia universal —enlutada por la ex presidenta de Panamá Mireya Moscoso cuando indultó a Posada, en agosto del 2004— le urge una reivindicación. Desde Cuba se exponen nuevas y contundentes pruebas, dede que solicitara asilo político en los Estados Unidos. Sin embargo, las autoridades de ese país han preferido primero callar, y ahora enmarañar un proceso judicial en el que le conceden libertad bajo fianza. 

Guardar silencio ante tan amplio historial terrorista contradice las «buenas intenciones» del presidente George W. Bush referentes a luchar contra ese flagelo de la humanidad. Más que ofensa y burla, constituye una desfachatez hacer caso omiso a declaraciones que el propio Posada Carriles hace en su citado libro:

«Lo que ayer era considerado como un acto de valor y patriotismo, llamado «acción y sabotaje», hoy se llama «terrorismo»...». Por si fuera poco, en otro texto titulado Pusimos la bomba ¿y qué?, de la periodista venezolana Alicia Herrera, se reproduce un retrato de Posada realizado por su propia esposa a fines de los años 70, quien define la falta de escrúpulos de su cónyuge: «Cuando se metió en esto de Barbados (se refiere a la voladura de la aeronave de Cubana de Aviación), yo sabía que tendría éxito, porque el «pobre» le dedicó tanto esfuerzo, lo hizo con tanta pasión,... que yo sabía que saldría adelante, que no iba a fallar».

Bastaría un poco de sentido común para el análisis racional y justo de un caso cuya solución es única: La sanción internacional.


 


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