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Patio Criollísimo

«Demasiado cálido para tallarlo en piedra»

«Demasiado cálido para tallarlo en piedra»

Varias cartas escritas con respeto, ternura y sensibilidad, con el «usted» reiterado que usaban para nombrarse o llamarse entre sí, revelan las confidencias, fidelidad y desinterés de Berta Gilda Infante, Tita, durante su relación con Ernesto Guevara de la Serna.

El epistolario está al alcance de todos a través del libro Cálida Presencia, de la autoría de Adys Cupull y Froilán González. Tras leer cada página se pueden descubrir las huellas de una prosa juvenil, sentimental, transparente y alusiva de complicidades existentes entre ambos jóvenes.

En cada línea, a su vez, están las enseñanzas políticas, morales y humanas.

Pero más allá de la verdadera intención de los textos enviados por Ernesto a la «muchacha ingenua, sin mundo digamos…» —según le dice en una de las misivas—, sale a la luz una amistad matizada por el humor y la idiosincrasia argentinos. De esta manera, como un gaucho original se nos presenta en su condición de remitente y compañero de alegrías o tristezas, el hombre que se universalizó con el sobrenombre del Che.

 

Con ese apego a lo nacional, el «amigo andarín» se carteó con la «Querida Tita» desde todos los sitios del continente donde residió. Mediante las epístolas fechadas en Lima, Caracas, Ciudad de Guatemala y México, ella le siguió los pasos por toda América. Él le contaba sus temores, dudas, aspiraciones, fracasos, trabajos científicos y éxitos.

 

En todos los envíos, Ernesto mostró gran interés por saber cómo avanzaban los estudios de compañera, a quien ayudó varias veces para los exámenes de Medicina. El deseo de verla recibida de médico lo manifestaba en más de un párrafo. El 29 de noviembre de 1954, por ejemplo, desde la tierra azteca redacta en la despedida que «guarda la esperanza de materializar un abrazo en cualquier lugar del mundo y de doctor a doctor».

 

Mas, ni siquiera sospechaba que se le aproximaba la hora de cambiar su rumbo previsto para Europa o China, por el camino que lo daría a conocer como el inolvidable Comandante Ernesto Che Guevara, quien días antes de convertirse en un expedicionario del yate Granma, le escribió a su confidente: «Sólo espero ver qué pasa con la revolución; si sale bien, voy para Cuba, si sale mal, empezaré a buscar país adonde sentar mis reales…»

 

La joven demoró en responder esta última esquela. Según consta en el libro de Adys y Froilán, el texto correspondiente fue redactado en Buenos Aires el 9 de diciembre de 1956. movida por la incertidumbre del fallecimiento del Che durante el combate de Alegría de Pío, se decide a redactar una misiva donde manifestó su certeza de que eran falsas las informaciones publicadas en los diarios, y expresa: «Sí, Ernesto, sé que usted está aún entre nosotros, sé que algún día en alguna parte podré verlo aún o, al menos, que podré enviarle esta líneas a algún lugar del mundo.»

 

El mensaje nunca fue enviado, y el anhelo de volverse a ver fue solo eso. Las ansias de sentarse juntos de nuevo para contarse penas y glorias quedaron anudadas en un sollozo hace 40 años.

 

Luego de una década de permanencia en Francia, Tita había regresado a Buenos Aires, justamente el viernes 6 de octubre de 1967. Doce meses después, ella relató:

«…cuando yo regresaba al país después de una larga ausencia, los primeros diarios que leí, azoradas las pupilas, temblorosas las manos y el aliento quebrado, traían las noticias, lentamente verificadas, de su trágica muerte, de ese asesinato incalificable del que pedirá cuentas América un día.

Un año. Tan lejos ya. Tan fresco aún, como esa sangre que se bebió la tierra boliviana, como la mirada de sus grandes ojos que trascendiendo la muerte va más allá del tiempo y el espacio. Su cuerpo de valiente sobre una lona miserable, su hermosa cabeza, aureolada de barba y melena,  agua de manantial, savia silvestre… Ernesto ha muerto, pero ya había nacido en al Eternidad.»

 

En su evocación, la joven quiso retratar al coterráneo capaz de cultivar una amistad con esmero, nutriéndola de su hondo sentido de hombre nuevo. Y es que, como bien ella puntualizó:

 

«Es difícil unir tanta grandeza a su sensibilidad y ternura, a su riqueza humana.

Demasiado cálido para tallarlo en piedra.

Demasiado grande para imaginarlo nuestro.

Ernesto Guevara, argentino como el que más, fue quizá el más auténtico Ciudadano del Mundo.»         

       

   

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