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Patio Criollísimo

Escuelas, sus Nombres y la Historia

Escuelas, sus Nombres y la Historia

 

¿Quiénes fueron Corina Rodríguez Morera? ¿Cómo y por qué murieron Orestes de la Torre y Gerardo Abreu? ¿Por cuáles motivos a este último lo nombraban Fontán?

Estas y otras preguntas me surgieron de golpe un día. Sobre todo a partir de la insistencia en que los planes de estudio de la asignatura Historia de Cuba, se conciban con mayor presencia de los hechos ocurridos en la localidad donde residen los educandos. En este aspecto, debe enfatizarse en el conocimiento de la  biografía del mártir cuyo nombre identifica la escuela.

Ansiosa por hallar las respuestas más fidedignas a mis interrogantes indagué en cuantos libros pude localizar y… ¡Quedé sorprendida! Muy poco, para no afirmar que nada, se conoce de cada uno de ellos. Sin embargo, así se nombran las instituciones donde estudié durante las enseñazas primaria y secundaria.

Para beneplácito personal, matriculé en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Comandante Ernesto Che Guevara. Allí, conocí cada página del diario que durante la gesta en Bolivia redactó el Guerrillero Heroico. Satisfacción mayor resultó transitar, durante la educación superior, por las aulas de la sede Antonio Maceo en la Universidad de Oriente. De ambos héroes que la historia aunó, no solo por la coincidencia de nacer el mismo día —14 de junio— sino, también por sus ideales patrióticos, aprendí muchísimo. ¿Quién no los conoce? Tal vez en cada provincia de Cuba exista al menos una institución escolar que se enaltezca con sus nombres.

Pero, ¿y los demás? ¿Acaso los centros educacionales donde aprendí a leer, escribir e instruirme para la vida no se honran de igual manera? Insatisfecha por la escasa información encontrada dediqué las horas necesarias a estudiar la vida de estos y otros próceres. Motivada, en esencia, por la realidad constada al dialogar con los pioneros que hoy se encuentran en esos centros educacionales. En muy escasas ocasiones logré que alguno me dijera quiénes fueron las mujeres u hombres con que se identifican sus escuelas.

De Corina Rodríguez Morera, por ejemplo, hubiera querido saber mucho antes. Mas, solo los gajes del oficio me concedieron la oportunidad de conocerla. Fue a través de otra mujer tan maravillosa como ella: Melba Hernández Rodríguez del Rey.

En dos ocasiones he tenido la dicha de entrevistarla. Cada una resultó motivo para indagar sobre la vida de otra cubana, con una trayectoria revolucionaria apenas conocida.

«Corina —me comentó Melba en julio de 2010— fue una maestra en Cruces, donde nací. Le dio clases a mi mamá y a mí. Fue una veterana. Mucho del amor que siento por la Patria me lo inculcó ella.»

Durante otra entrevista realizada por un colega santiaguero añade: «En días luctuosos siempre estaba con un brazalete negro. Supo ser maestra, patriota y formadora de varias generaciones del pueblo (…) Sin mis padres y sin ella yo no hubiera sido la patriota que soy.»

Pocos saben que la escuela donde estudió Melba es la que lleva el nombre de quien fuera su maestra. También, cada vez que la Heroína del Moncada va por su pueblo natal visita el plantel.

Sobre Orestes de la Torre Morgado, yo tampoco sabía mucho. No dudo que hoy, a la par de los excelentes resultados educativos que exhibe el seminternado que lleva su nombre, cada maestro dialogue con sus discípulos sobre la participación del joven santaclareño en la lucha clandestina como miembro del Movimiento 26 de Julio.

No obstante, para los de mi época, los datos eran mínimos. Solo ahora al indagar sobre su vida encuentro información respecto a las acciones de apoyo que realizó durante la Huelga del 9 de Abril de 1958. Una apretada síntesis biográfica ofrece datos de su fallecimiento. Ocurrió, el 27 de Julio de 1959, un día después de sufrir un accidente automovilístico, mientras se trasladaba hacia Sancti Spíritus. Se dirigía a celebrar por primera vez, después del triunfo revolucionario, la efeméride del Moncada.

Una duda que arrastré desde la adolescencia consistió en descifrar  por qué al escribir el nombre de la secundaria básica donde estudié, alguien una vez rectificó que Fontán no es el segundo apellido de Gerardo Abreu. «Se trata de un seudónimo», dijo, sin poder explicar nada más.

Lamento que todavía hoy, a veces, se incurra en el error de adjudicárselo como apellido de la madre, el cual tampoco se conoce. Asimismo, en los textos donde se habla de su valerosa participación en los enfrentamientos con la tiranía batistiana no aparece la aclaración de las razones por las que sus compañeros de lucha lo apodaron Fontán.

Claro, lo digno a destacar es que el muchacho santaclareño residía en La Habana, y cuando Ñico López tuvo que exiliarse en México, Gerardo asumió la dirección de las Brigadas Juveniles del Movimiento 26 de Julio. Por su seriedad, capacidad organizativa y exigencia, con un carisma y valentía admirables, se ganó fácil la  confianza de sus seguidores. Tanto, que en el acto por el aniversario 50 de su asesinato —lo mataron el 7 de febrero de 1958— Ricardo Alarcón de Quesada, miembro del Buró Político y presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular expresó:

«Hoy les hablo del jefe más querido, del que tanto aprendimos (…) El que no había avanzado en la enseñanza elemental, dirigió a los jóvenes y estudiantes de la capital y ninguno dudó nunca que Gerardo era el más capaz, el más sensible, el más profundo de nuestros compañeros.»

¿Cuántos niños, adolescentes y jóvenes, habrán crecido sin poder hablar en la actualidad del mártir de su escuela? Albergo la esperanza de que con las nuevas modificaciones al plan de estudio en la asignatura Historia de Cuba, se enseñe también quienes fueron Francisco Javier Calvo Formoso, Joaquín Paneca, Lino Pérez, Rolando Pérez Quintosa, José  Ramón León Acosta, Carlos Mengala Ayala, Ramón Pando Ferrer y otros tantos con destacadas incidencias en la gesta revolucionaria. Pero que, a falta de estudio, investigación y divulgación, dolorosamente, quedan en páginas desconocidas de la historia.

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