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Patio Criollísimo

Un Chiringuito por los amigos

Un Chiringuito por los amigos

…pero amigo mayor es quien me ampara

Silvio Rodríguez 

Una carretilla llena de limones, en plena calle habanera, me trajo este verano el recuerdo de otros períodos estivales. Pasadas las tres de la tarde, bajo el penetrante sol, el vendedor pregonaba a viva voz la venta de cuatro unidades del cítrico por un peso.

Nada de asombroso, ¿verdad? La oferta parecía asequible para quienes, en medio de los trajines capitalinos, a veces se han visto precisados a abonar la misma suma por solo dos. 

El hecho, intrascendente quizás para muchos, me atizó la memoria. Retorné de pronto a épocas inolvidables. A aquellas en que un pueblo tan pequeño como el del municipio cienfuegueros de Cruces parecía el sitio ideal para una estancia veraniega. Allí aun quedan las huellas de las más sutiles ocurrencias juveniles. Por muy mínimas que fuesen, siempre dejaban una fortaleza entre los amigos.

Con el mismo furor vacacional de hoy, pero menos calurosos, corrían los meses de julio y agosto. Entre hermanos, primos y cuanto muchacho aparecía en la cuadra formábamos un grupo heterogéneo en edad y a la vez capaz de lograr el consenso cuando intentábamos «inventar algo» para ocupar el tiempo libre.Un viaje a la playa, por ejemplo, se planificaba en cuestión de minutos.

En una oportunidad los presupuestos familiares estaban escasos y entre nosotros surgió la idea de vender botellas vacías en la bodega para sufragar los gastos del pasaje. No entendíamos de obstáculos que impidieran un chapuzón en Rancho Luna.   Eran los años en que, antes de ir a divertirnos, las hembras planificábamos a quién le correspondería limpiar la casa o fregar la loza del almuerzo. Entre tanto los varones se ocupaban de hacer pequeños mandados.

Así crecimos. Aprendimos a tiempo el sentido de la solidaridad y el compañerismo. A  compartir las tareas del hogar. De ahí que con mucha naturalidad asumiéramos el principio de emancipación femenina e igualdad entre ambos sexos.

Posterior a esas horas de laboriosidad, justo cuando el astro rey estaba en su punto más fulgurante, nuestras gargantas solicitaban un refrescante líquido. Entonces bastaba cruzar la cerca del patio y llegar hasta el de la vecina Tomasa. Ella nos regalaba gustosa sus limones. Al rato nos deleitábamos con una fría limonada.En más de una ocasión la acompañábamos con otro alimento «fácil y rápido de hacer», como diría Nitza Villapoll. En ese caso, por mayoría preferíamos un apetecible pan con mantequilla.  

A fuerza de tanto repetirlo verano tras verano, ese momento de la  merienda trascendió como el del chiringuito. No puedo precisar a quién se le ocurrió nombrarlo así. De seguro desconocíamos el origen de la palabra. Muy lejos estábamos de asociar ese instante de esparcimiento y refrigerio con un establecimiento de construcción provisional, generalmente dedicado a la venta de alimentos y bebidas en playas y zonas turísticas.

Con certeza solo nos interesaba otorgarle a ese tipo de tentempié su merecido valor: ser motivo para varias reuniones en la casa de cualquiera de nosotros. Razón para consolidar la alianza fraterna surgida desde la infancia.

Convertidos en adultos, con hijos y una profesión consolidada, las visitas al pueblo natal no ocurren con tanta frecuencia. Coincidir como hace casi veinte años resulta difícil. Máxime cuando muchas de las viejas amistades se han mudado a las grandes ciudades.

En cambio Tomasa todavía regala sus limones. Por eso pensé en ella frente aquel vendedor del ácido fruto. Pero estaba demasiado lejos como para cruzar la cerca de su patio. A fin de cuentas, lo más valioso del viaje hasta Ciudad de La Habana radicaba en el reencuentro con quien siempre se ha interesado por mi salud, con una de las personas que a menudo hace sonar el timbre de mi teléfono. Bien para felicitarme por los éxitos, o requerirme cuando conoce que he fallado en algo.

Por eso no tuve tiempo de calcular las ganancias que reportaría aquella carretilla colmada de un producto tan demandado y cada vez más caro. Menos consideré cuánto me costaría una barra de mantequilla para efectuar otro chiringuito por los amigos.

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