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Patio Criollísimo

En Nombre de la Ortografía

En Nombre de la Ortografía

Existen personas que aseguran: «Los nombres no tienen faltas de ortografía». Quienes así piensan desconocen que incurren en un gran error.
Ahora cuando las exigencias por dominar la Lengua Española se hacen más rigurosas, el tema aparece como una preocupación constante entre los alumnos. Sin distinguir los niveles de enseñanza, ninguno desea perder puntos por omitir las tildes en apellidos tan conocidos como Pérez, García, Fernández, Hernández, Gómez, entre otros.

La medida los obliga a prestar mayor atención y evitar cambiar las letras en nombres de héroes, mártires, investigadores, músicos o personalidades de renombre, según las distintas asignaturas.

Cierto que para muchos resultará complejo memorizar, por ejemplo,  cómo se escribe Dimitri Mendeleiev, el creador de la tabla periódica que clasifica, organiza y distribuye los distintos elementos químicos.
O los escritores Fiódor Dostoyevski, Antón Chéjov, —ambos rusos—, el norteamericano Ernest Hemingway, el alemán Frank Kafka, el inglés  William Shakespeare y los cubanos Alejo Carpentier, Lisandro Otero, Antón Arrufat, entre otros.  

Larga sería la lista de nombres de diversos idiomas vinculados a otras asignaturas como Biología, Historia Universal o Literatura. Mas, no justifica que los estudiantes descuiden la forma correcta de escribirlos. La resolución establecida para descontar puntos en los exámenes, cuando el educando incurre en errores gramaticales, no exime la redacción incorrecta de un nombre. Visto así, queda desterrada la afirmación con que se encabeza este comentario.

En verdad, lo lamentable radica en la cantidad de personas que desconocen la verdadera ortografía de su propio nombre. De tal manera, podemos encontrar versiones de un mismo apelativo como Marta y Martha o Berta y Bertha. Lo que si no es admisible que aparezca un José con c o Jesús con z.
Aunque, si por curiosidad alguien revisa la guía telefónica puede hallar en sus páginas nombres y apellidos que se pronuncian igual, pero con grafemas diferentes.

La raíz del problema recae en la mano de quien inscribió al recién nacido. Culpa que se revela cuando se imponen trámites legales. Durante años, o casi toda la vida se arrastra el error. Únicamente se descubre en el instante del «papeleo». He ahí cuando los afectados se percatan de la gran madeja de gestiones a realizar en caso de detectarse diferencias entre el nombre contenido en el carné de identidad y el plasmado en los documentos a presentar.
El hecho ocurre con frecuencia en el traspaso de propiedad de viviendas, en las emisiones de certificados de defunción, en procesos de divorcios y hasta en los de jubilación.

Ante cada situación, el registro civil únicamente reconoce como válida la certificación de nacimiento. En asuntos muy específicos se establece el recurso de subsanación de errores. Consiste en presentar como máximo cuatro certificados probatorios de que el nombre utilizado hasta ese momento se reitera en varios documentos oficiales. Bien sean expedientes laborales, títulos de graduados, actas matrimoniales, etc. Entonces, puede corregirse el error en el libro oficial donde la persona se inscribió al nacer.

Como deben imaginar, la gestión no está exenta de los imprescindibles gastos económicos en la contratación de abogados y compra de sellos timbrados, según sea el proceder.

Las experiencias son incontables. Desde hermanos que legalmente no lo son por que sus apellidos aparecen con un simple cambio de letra en los respectivos carné de identidad, hasta hijos que ante la ley tampoco son descendientes de sus progenitores.

Digamos, si la madre se nombra María Isabel, pero en la inscripción de nacimiento de la niña o el niño aparece sólo el segundo, entonces… se impone el engorroso trámite de legalizar la maternidad.
¿Consejos? Prestar toda la atención a quienes registran a los recién nacidos.

Ello no implica limitar a los padres solicitar, según sus preferencias, la adaptación de determinada grafía. Mucho menos ahora que la modernidad admite de igual manera Karla y Carla, Yoan y Joan.

Lo determinante radica en que cada cual conozca cómo se escribe el nombre original. Sobre todo los más comunes, cuya escritura también se rige por las reglas ortográficas y en correspondencia con la fuerza de pronunciación.

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